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 Los Hijos de Äela: Delmir

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Chainer

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Fecha de inscripción : 27/07/2017

MensajeTema: Los Hijos de Äela: Delmir   Mar Ago 15, 2017 6:32 am

Delmir
Arcano del pueblo gentil






I.- El despertar en la tormenta.



Era una fría noche en la intemperie, una notable noche tormentosa. El impacto de la lluvia conseguía hacer eco en tu mente, de alguna forma tranquilizando su ser. Así, en lo profundo del ensueño comenzó a recordar los que habían sido sus últimos días en aquel paraíso, un hogar llamado Hoja Radiante por el pueblo gentil.


En sus difusas memorias, su corazón latía fuerte combatiendo el frío de aquel salón enorme. En sus pensamientos estaba completamente solo. Sus temblorosos dedos no le acompañaban, sin embargo esgrimían la pluma con velocidad y precisión, trazaba runas arcanas, prolijos diagramas y simbologías de alta complejidad, atareadas fórmulas y cálculos que se unían como eslabones, expresaba gráficos con variopintas curvaturas que explicarían sus más claras ideas y teorías. Sin embargo una vez más, sus dedos se detuvieron sin poder seguir la agilidad del pensamiento. ¿Era el frío? ¿Eran los nervios?... no, quizás era un haz de duda que le invadía.


El portal está perfecto, déjalo así… vas a arruinarlo. Un momento, ¿acaso no expliqué lo de imbuir la espada en fuego?... ¿y el diámetro de la bola de fuego?... no, no… no debería explicarlo a estas alturas, se da por entendido. ¿Qué hay del trueno?... no, el impacto es seguro y ya hice ese cálculo tres veces. Esta perfecto, es Arte… sí que lo es.- Pensó en toda probabilidad de fallo y en los peores resultados, preso de la aterradora idea de dejar pasar algo por alto.


Sus dedos reaccionaron al recuerdo que evocaba su memoria, dio vuelta el último pergamino en blanco de su pupitre y comenzó a dibujar a grandes trazos. Terminaba los detalles con extrema obsesión cuando una voz penetró en sus oídos.

Se acabó el tiempo. Aun que pueda aparentar lo contrario, tengo una vida que atender joven Delmir. –La docente, una elfa de edad adulta, miraba con escaza paciencia.- Más vale que no te vea el próximo ciclo por aquí.
Ya casi termino maestra Eliel, sólo un detalle final y…  –Terminó de Escribir los últimos caracteres cuando los pergaminos escaparon de sus frías manos. Frente a sus grisáceos ojos, se apilaron ordenadamente y aterrizaron de la misma forma en el escritorio de la maestra evocadora.-
Muy bien, fuera de aquí. Esta tarde veremos los resultados. Mientras tanto te aconsejo no poner un píe en esta escuela- Con un gesto le invitó a dejar las aulas de forma voluntaria. Mientras el elfo abandonaba el lugar, pudo escuchar una última advertencia desde el pasillo. – ¡La biblioteca también cuenta como parte de la escuela! ¡El sabio me escuche esta vez y te aleje de aquí tan sólo una tarde!

II- Un ultimo atardecer.


Sintió el calor regresar a su cuerpo. Era el sol radiante que se extendía sobre los viejos robles, sobre las blanquecinas edificaciones y de la escuela arcana de Hoja Radiante. Caminó lentamente bajando los largos peldaños, apreciando los perfectos pilares que sostenían lo que había sido su vida entera. En la espera, reconoció la tarde más eterna que alguna vez tuvo que soportar.

Un trueno llamó su atención, como un presagio de mala fortuna le hizo sobresaltar. Sin previo aviso el calor abandonó su cuerpo, y pudo notar que en el presente aún llovía a cántaros, frunció el ceño intentando recuperar su concentración en medida que las memorias regresaban. Aquél día habían ocurrido muchas cosas más.

Su corazón volvía a latir con fuerza. Se encontraba en un pequeño despacho, sostenía su fiel grimorio con fuerza. Alzó la mirada y encontrando dos rostros que debatían. Se trataba de la maestra evocadora Eliel y del reconocido maestro arcano y decano, Arthad.

Pestañeó un par de veces y confirmó que la reunión había terminado, ambos le miraban con rostros apacibles y tranquilizadores. Su lenta respiración de alivio confirmó que lo peor había ya había pasado.
No pudo recordar sus palabras exactas, aquel recuerdo había desaparecido del todo, pero en cambio sí podía recordar la mirada de los aprendices en aquel largo pasillo que tantas veces alojó el camino de la derrota. Pero esta vez fue diferente, esta vez le felicitaban con cautivas sonrisas de leve admiración y congratulación.
Caminó hasta la salida, portando los orgullosos tonos azulados de los guardianes de su gente. Era un evocador, principiante pero decidido a defender a los suyos, con su ávido intelecto y el limpio fuego de los sortilegios que en su escuela aprendió. Aquella noche, sin saberlo, se pondría a prueba.


Última edición por Chainer el Mar Ago 15, 2017 7:21 am, editado 1 vez
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Chainer

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MensajeTema: Re: Los Hijos de Äela: Delmir   Mar Ago 15, 2017 7:09 am

III.- El fin de un sueño arcano.




Un nuevo trueno golpeó su concentración, pero esta vez no interrumpió su estado meditativo. Se mantuvo firme, forzándose a ver el horror, la desesperación, la violencia y el rostro de sus enemigos. Apretó los puños y contuvo la respiración un momento, obligándose a recordar.
La oscuridad se cernía sobre el pueblo gentil aquella noche, la espesura del bosque no pudo contener a las hordas que bajo toda probabilidad se unificaron en un único estandarte de Gol'Kosh. Avanzaron buscando la sangre de sus enemigos, trayendo un mensaje de destrucción y muerte.
 Los exploradores no fueron suficientes para contener el salvajismo de los pieles verdes. El sacrificio de los mismos, permitió a un puñado de más afortunados entregar el mensaje de advertencia. La evacuación era el próximo paso, sin embargo la guerra ya había llegado a las puertas.
El recuerdo concluyente se limitó a las últimas órdenes de su maestra, en sus manos tenía un pergamino sellado por la marca arcana del decano Arthad. Destinado a las manos de quien pudiera ser digno de leerlo.
 Frente al caos del combate, soportó junto a sus hermanos y hermanas, intentando proteger una de las vías de evacuación. Las horas pasaban y ya casi no quedaban más sortilegios para conjurar. Las espadas perdían su filo y los carcajes estaban vacíos.
Yacían abatidos pero sin abandonar sus puestos, el fuego escalaba sobre sus cabezas, en lo alto de las copas de los árboles, como centenares de finas lenguas de dragón. El humo terminó por ocultar las estrellas en los cielos del bosque, aproximando el final del discurso de la muerte, cuando de pronto pudo oír una voz en medio del caos.
-De pie es como la madre nos enseñó a enfrentar la adversidad, ¡es de pie como canta mejor la valentía! Y es a pie como vibra más fuerte el corazón. ¡Empuñad esa espada que la madre les dio!-

Se puso en pie una última vez, abrió el grimorio y las páginas pasaron unas tras otras mientras gesticulaba con la diestra trazando sortilegios en el aire. Congeló el brazo de un desafortunado orco que intentó acabar con su suerte e invocó las llamas para quemar los ojos de otro.


Un virote alcanzó su hombro abatiendo lo que restaba de sus fuerzas, sus ropas se teñían de rojo mientras caía de rodillas en el humeante suelo ya desprovisto de vegetación viva. A pesar del calor, pude sentir la sangre escurrir desde su antebrazo hasta la punta de cada uno de sus dedos, alcanzando las páginas de su preciado grimorio.
Alzó la mirada una última vez y pudo ver los colores del estandarte de Aëla flameando. Sonreía agotado, cerrando los ojos dispuesto a soñar en azul y plata hasta el fin de los tiempos. Abandonado de sus fuerzas, sólo pudo sentir que alguien lo tomaba del brazo y le arrastraba fuera del caos.

IV- Una nueva oportunidad.




Un nuevo trueno acusó la lluviosa noche del presente, seguida por la reconocida alegre voz de uno de sus acompañantes, Andranm –Terminé mi ronda sin novedad. Por cierto, he dejado algunas trampas por si alguien decide emboscarnos- Terminada la advertencia, el zapador se dispuso a descansar en el improvisado campamento.

El arcano se incorporó sin mucha dificultad, muchas lunas habían pasado desde los recuerdos y sus heridas habían sanado. Pudo ver que su otro acompañante, Eryanör afilaba una espada y recitaba algunas plegarias con la marcialidad propia de los clérigos de su gente.

Pasaron incontables noches de vigilia desprovistos de meditación y esperanza. De vez en cuando los exploradores orcos pudieron darles alcance, pero el deseo de vivir era mayor, y en las pequeñas victorias renovaron fuerzas para continuar. No bajaron la guardia hasta llegar a un pequeño pueblo de humanos que rezaba “Villa dorada”.

En una vieja posada hallaron recursos olvidados, como el calor de una chimenea, las alegres canciones de un bardo, el olor de la deliciosa comida y la promesa de una cama.

La promesa de bienestar fue opacada por la disruptiva escena de una camarera humana desquitándose con un hermano del pueblo gentil. La idea del abuso de una insensata y cómoda niña hacia un nuevo superviviente de la catástrofe, parecía una nefasta falta de respeto. Difícilmente dispuestos a tolerarlo, los compañeros dirigieron algunas miradas cómplices y decidieron aprontar las acciones.

El primero se valió de su excepcional puntería para depositar una bolsa de monedas en la mesa, que dejo ver varias piezas de oro en el acto. Fue el primero en aproximarse, valiéndose de su carisma para romper el hielo.

Delmir entonó un oxidado idioma común, fuera de práctica pero enriquecido del léxico suficiente para articular sus ideas y darlas a entender a la muchacha. – ¿Quién necesita ciervos, cuando puedes tener el metal precioso de un elfo? Ahora ve y dile a tu jefe que puede preparar algunas habitaciones para los cuatro.- El arcano hizo una leve pausa suspirando antes de continuar. – Y si ya hemos saciado tu vergonzosa avaricia, agradecería que emplees esa misma velocidad, aquella que te caracteriza para rápidamente humillar a alguien en necesidad y nos hagas el favor de traer algo de buen vino… y no esa porquería que serviste a nuestro nuevo compañero.

Mientras el tercero aprontó un espacio en la mesa, comenzaron las presentaciones. Iba a ser una larga y memorable noche de historias.



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Portrait Delmir:
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