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 Los Hijos de Äela: Sirion

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Daedin

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MensajeTema: Los Hijos de Äela: Sirion   Mar Ago 15, 2017 5:39 am

Inicios



Caían anaranjadas hojas otoñales sobre la Villa de Robles Pálidos, cuando el último aspirante a iniciado del templo daba un paso al frente. Caminaba firme, listo para ponerse a prueba ante los habitantes de ésta y quienes serían sus superiores. Trataba lo más que podía de verse estoico ante tantas miradas, pero por dentro, la presión lo había estado consumiendo todo el día.

Se dirigió hasta el punto de tiro y cogió su arco. Levantó el arma con la flecha preparada y fijó su objetivo con ojos de halcón; podía ver la diana con gran claridad, animándole a tensar la cuerda con fuerza. Parecía un tiro rutinario más, hasta que las manos le fallarían haciendo temblar el arco. Pronto sentiría también la vista nublada, perdiendo enfoque, y finalmente destensaría sin liberar el proyectil.

Numerosos susurros se oirían entre quienes observaban el espectáculo, llenándole de una enorme frustración. No era la primera vez que le pasaba y empezaba a ganarse una reputación por ello.

Miraría de reojo hacia un costado, hacia sus padres y hermana buscando fuerzas, pero la rabia que acompañaba su aflicción se apoderaría de él. Tenía que conseguir el tiro, no iba a rendirse sin antes hacer el disparo. Volvería a intentarlo canalizando la negativa emoción, pero una mano sobre su hombro lo impediría de golpe.

- "Paciencia, joven Sirion, paciencia" - Tirentar, su mentor; lo miraba fijamente, sosteniéndolo para no cometer uno de los errores más básicos. - "Hay más maneras de tensar la cuerda de un arco, que valiéndote de tus ojos y tus manos. Vacía tu mente y tu corazón, escucha a la Gran Madre; ella guiará tu flecha hasta donde ojos y manos no alcanzan a llegar."

El veterano elfo mantendría la mirada sobre su aprendiz, hasta notar que sus palabras le despertaban la memoria; y luego regresaría a su lugar, entre los superiores del templo. Desde allí observaría a Sirion, que hacia una gran pausa comprendiendo lo que debía hacer.

El público volvía a susurrar entre sí por un momento, cuando el muchacho retomaba su postura de tirador. No tenía más de cien años, cuando el momento decisivo para ingresar a la fe de Äela estaba a su alcance. Había superado todas las pruebas anteriores y la última no iba a impedirle conseguir su gran deseo, otra vez.

Respiró profundo, cerrando los ojos para concentrarse. Colocó el arco en posición y la flecha descansando junto a él una vez más. Al abrir los ojos volvió a respirar con profundidad, tensando lentamente. Miró por un instante la diana y luego hacia un costado. Los murmullos se intensificarían cuando el arquero dejaría de observar donde iría el disparo.

Por último, volvería a cerrar los ojos con una media sonrisa, pudiendo sentir la enorme calma y plenitud que le provoca la técnica, justo antes de liberar la flecha.






Última edición por Daedin el Mar Ago 15, 2017 6:13 am, editado 2 veces
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Daedin

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MensajeTema: Re: Los Hijos de Äela: Sirion   Mar Ago 15, 2017 5:57 am

Crisis



Escuchaba aplausos que lo llenaban de orgullo. Veía rostros jóvenes rodeándole. Su familia llevaba enormes sonrisas entre los espectadores y Tirentar le hacia una respetuosa reverencia.

Cuando se giró, pudo notar a Sidhiel aplaudiendo, su gran amiga de la infancia. La muchacha dejaría de aplaudir de inmediato, apenas la veía, y le haría gestos de desaprobación sacándole la lengua; como él, apenas alcanzaba los cien años de edad. Respondería ceñudo, haciéndose el ofendido antes de echar a reír ambos, risas que se perderían a la distancia poco a poco.
 
- ¡Sirion... Sirion! - Escuchó su nombre una y otra vez, sacándolo de su ensueño.
 
Cuando abrió los ojos, la chica que lo llamaba tenía el rostro a pocos centímetros del suyo, con los labios y cejas torcidos de enojo.
 
- Sidhiel - La miró sonriendo a pesar de la mala cara que le ponía. Le resultaba divertido poder ver con claridad cuanto había madurado el rostro de la muchacha, hace ya más de cincuenta años.
  
- Deja de sonreír y comienza a explicarte, perezoso. ¿Qué haces aquí descansando mientras yo hacía guardia toda la noche? Dijiste que me acompañarías para no aburrirme. - Reclamaba, picando la frente de su compañero con un dedo repetidas veces.

- Curioso ¿No me hiciste la misma jugada la guardia anterior? - Acercaba su cara de modo desafiante a la de ella, haciéndola retroceder, cuando ésta abría la boca para responderle.
 
- Pues... tu... - Era lo único que le alcanzaría a replicar la chica antes de ser golpeada en la frente por el dedo acusador de su compañero.

Ambos sonreirían, en lo que era una habitual discusión entre ellos, cuando el ruido de un cuerno proviniendo del norte les llamaría la atención.

- Termina mi guardia y los problemas surgen. Que sería de la villa sin mí. - Se quejaba la elfa a modo de broma.

- No me atrevería a pensarlo. - Aguantaría la risa, disponiéndose a levantarse.

- ¿Crees que los pieles verdes tramen algo? Han estado muy atrevidos en los últimos meses.

- Lo dudo, pronto se cumplirá un año desde que empezaron a acercarse y lo único que han conseguido es perder sus vidas. - Un segundo cuerno desde el sur les arrebataría la calma – Algo anda mal. Rápido, ayúdame a vestir mi armadura.

Sidhiel le ayudaría, cuando pasos apresurados se empezaban a escuchar por los pasillos del templo. Ambos elfos intercambiarían una mirada de preocupación ante la creciente crisis.

- ¡Orcos! ¡Orcos atacan desde el norte y el sur! ¡Fuimos convocados al sur! - Un compañero gritaba dentro de la habitación antes de dar la alarma en otras.

- Rápido, rápido, nos necesitan – La chica apretó bien las ultimas correas y le dio un par de palmadas en el pecho a su amigo, ahora bien protegido.

Cuando salieron del cuarto, todos se movían raudos bajo las órdenes de sus superiores y se armaban como si de una guerra se tratase.

- ¡Arcos firmes, Sirion y Sidhiel! - Otro de sus compañeros les pasaba a saludar, saliendo primero de la bella estructura dedicada a la diosa elfica.

- ¡Humo en el norte! - Señaló espantada la clériga, cuando apenas cruzaba el umbral del templo. - ¿¡Que está pasando!?

- Lo sabremos cuando... - Un nuevo cuerno se oiría desde el éste, acelerando aún más el corazón de los jóvenes elfos.- ¡Los viñedos! ¡Mi hermana está allí!

- ¡La orden es ir al sur! ¡Valadhiel sabe cuidarse! - Intentó sostenerle del brazo, pero no conseguiría atrapar al elfo que saldría disparado. - ¡SIRION!

Ni siquiera miró atrás cuando sus pies lo harían volar a través de las abiertas calles de la villa. Los habitantes se armaban con arcos y espadas dispuestos a defenderse, mientras que los niños y menos capaces de luchar eran evacuados hacia el santuario por algunos centinelas.

No tardaría en encontrarse con heridos siendo asistidos y más adelante gritos de guerra. Apretaría los dientes, dispuesto a hacer su parte, cuando las numerosas y fuertes pisadas de figuras negras le advertirían no seguir su plan. Se escondería tras un árbol, viendo como pasaba una docena de orcos buscando alguna victima para sus retorcidas hojas.

Flechas volarían hacia los invasores desde uno de los techos de las casas y un trío de guardias cargarían emboscando a los pieles verdes.

Pediría perdón a Äela, por no asistir a sus hermanos en la escaramuza, y continuaría su carrera. Entre más avanzaba, peor se tornaba el escenario. Había cuerpos de elfos y orcos en cada calle. Los ruidos de combate estaban por todas partes y empezaba a sentir el olor a humo emergiendo de algunas casas.

Quiso ser cauteloso, tomándose un momento para recuperar el aliento; sin embargo, las distantes llamas que se iban alzando desde los cultivos no se lo permitirían por mucho tiempo. Volvería a correr, evitando todos los encuentros posibles, hasta llegar a su objetivo.

Una vez allí, no podía ver mucho. Las llamas se alimentaban por todas partes y la desesperación lo volvía su prisionero. Se dispuso a gritar el nombre de su hermana mientras examinaba el lugar, pero el llanto de una niña junto a su padre mal herido, lo haría reaccionar.

Un orco, alertado por el mismo sollozo, saldría de entre las flamas buscando la fácil presa. El clérigo rebuscaría su arco, pero no lo llevaba consigo tras salir apresurado del templo – ¡Torpe! - Mascullaba para sí mismo, echando mano a la espada antes de cargar contra la bestia.

- ¡Aquí! ¡Ven y prueba el acero del pueblo gentil, escoria! - Gritó a media carrera, captando la atención de su enemigo mortal, quien ya casi estaba al alcance del mal herido y la pequeña.

La oscura figura se lanzaría contra cargando, pero el elfo sería más rápido. La plateada hoja atravesaría el torso del oscuro ser, haciéndole dar torpes pasos hacia atrás. Cuando parecía que el pequeño enfrentamiento había acabado en un golpe, el orco levantaría el trozo de metal negro que llevaba por arma y lanzaría un corte contra el Guardian de Äela. La hoja impactaría con fuerza en la hombrera de la armadura, rompiéndola, hiriendo así al joven clérigo. Él retomaría su espada clavada y la torcería gritando con furia y dolor, pero su enemigo no se rendiría. El orco lo miraba a los ojos con una ira incontrolable, soltaría su hierro y cogería al elfo por el cuello sosteniéndolo con fuerza.

Una segunda figura saldría de entre las llamas sosteniendo una hoja negra en dirección del sacerdote. Él lo notaría e intentaría liberarse del orco con el que combatía, pero éste no se lo permitiría. Podía sentir a quien estaba tras él apunto de atacarle, la sombra proyectada por el brazo en alto y la cuchilla a punto de caer en su espalda era visible, y no podía hacer nada, cerraría los ojos aceptando su destino.

Un fuerte destello despertaría su atención. Quien atacaba por su espalda seguía allí, pero no se movía, y el grito de alguien familiar uniéndose a la batalla le devolvería la esperanza.

- ¡Por la Arquera Blanca! - La hoja de Sidhiel cortaba el brazo del orco que aprisionaba a su amigo, y con la gracia que poseía la elfa, la espada giraba para clavarse sobre el hombro de la bestia en un segundo ataque.

Liberado, Sirion se voltearía con prisa, recuperando su espada para confrontar al segundo enemigo, pero para su sorpresa éste no se movía en absoluto. Tenía la boca abierta, mostrando sus pútridos dientes y los ojos tan llenos de ira como el primero. Llamó su atención como un yelmo con cuernos enroscados marcaba la pesada armadura que llevaba éste.

- Gol'Kosh... - Concluiría confundido, a la vez que su aliada cobraba la vida del orco atrapado por su sortilegio.

- ¿Gol- Quien? - Ella apenas le daría atención, corriendo hacia el hombre herido para sacarle de peligro.

- Estaban marcados por El Destructor. Estos orcos no son una tribu ordinaria, Sidhiel. - Buscaría por el entorno con la mirada y gritaría con fuerza - ¡VALADHIEL!

- ¡Se los llevaron...! - El elfo herido alzaría la voz hacia Sirion. - ¡Mi esposa fue atrapada por ellos!

- ¿Prisioneros? ¿Desde cuándo los pieles verdes toman prisioneros? - La clériga terminaba de realizar las curaciones tan confundida como el resto. - ¡Tenemos que regresar al templo, darles aviso y reagruparnos!

El brillo de un objeto robaría toda la atención del sacerdote, alejándole del grupo unos metros.

- ¡Sirion! ¿¡Me estas escuchando!? - Insistiría la muchacha, pero no obtendría respuesta.

Al inclinarse sobre lo que había visto descubriría un llamativo broche para el cabello. Era una estrella de cuatro puntas, hecho de plata, que conocía bien. Se lo había obsequiado a su hermana cuando ella alcanzó la adultez y ahora estaba allí tirado entre toda la miseria que caía sobre su hogar.

- Tengo que seguirles. - Murmuró cuando cogió el broche, antes de mirar a Sidhiel y repetir las palabras con más fuerza - ¡Tengo que seguirles!

- ¿¡Estás loco!? ¡Casi te matan de no ser porque corrí detrás de ti, idiota! ¡Tenemos que regresar! - Le regañó la chica, liberando la rabia por casi verlo morir.

- ¡Si perdemos el rastro no la encontraremos jamás! ¡No la abandonaré! - Replicó también enojado el clérigo.
 
- ¡No nos abandones! ¡Les buscaremos después de salvar a todos los que podamos aquí, Sirion! - Se acercó para cogerlo del brazo con rabia, pero él la apartó.

- ¡No! ¡Sera demasiado tarde! ¡Iré tras ellos! - Comenzaba a correr una vez más.

- ¡SIRION! ¡IMBECIL! - Sería lo último que oiría viniendo de su amiga, también afligida por todo lo que pasaba. La marcha sería amarga, pero la decisión firme. Bajo la mirada de Äela, no se rendiría hasta encontrarla.






Última edición por Daedin el Mar Ago 15, 2017 8:33 am, editado 2 veces
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Daedin

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MensajeTema: Re: Los Hijos de Äela: Sirion   Mar Ago 15, 2017 6:06 am

Llegada



Intentaba ocultar inútilmente su mal estado, cuando decidió acercarse al mesón de la posada. Los pies le pesaban y el cuerpo le dolía de un modo que jamás había experimentado. Había marchado forzosamente durante numerosas lunas, tantas como para empezar a olvidar quien era.

Una vez tomó asiento, casi desplomándose, sintió un gran alivio. La sensación de calor producto de la chimenea tras él, junto al olor a comida proveniente de la cocina, reanimaban el desgastado brillo de su espíritu.

Cuando prestó más atención, descubrió a una mujer frente a la gran mesa. Quiso abrir la boca para hablarle, pero ésta le interrumpió de inmediato, dejándole en frente un bol de comida y una jarra vacía. La muchacha lo había estado mirando desde que empujo la puerta para adentrarse en su local, sabia reconocer a un desafortunado a simple vista, así como también una buena oportunidad de negocio. Ofrecer la comida a un muerto de hambre y cobrar después era la jugada indicada.

Bajó con la zurda su raída capucha, dejando ver sus picudas orejas; mientras que la diestra cogió el gran cucharon sumergido, en lo que parecía ser algún tipo de guiso, y dio un enorme bocado. Normalmente habría sido más precavido, pero moría de hambre literalmente; y solo tras comer un par de desesperadas cucharadas más, alzaría la mirada para agradecer a la chica, no obstante, ella ya estaba atendiendo a alguien más.

Había oído historias de lo poco caritativos que eran los orejas redondas, sin embargo, la primera impresión parecía lo contrario. Le confundía y despertaba su curiosidad ligeramente, aunque no lo suficiente como para poner real interés en estudiarles. Pocas eran las historias positivas que sabía de ellos y mucho menor siempre fue la fascinación por alejarse de sus prestigiosas raíces.

Sintió como el cuerpo se le relajaba mientras comía y pensaba en el templo de la Arquera Blanca, allá en su hogar. Recordaba como la estructura de madera y piedra blanca, armónicamente construida junto a un gran roble, se alzaba invitando a todos a ser parte de las celebraciones en nombre de la Gran Madre.

Frente al majestuoso edificio veía a Sidhiel. Ambos se disponían a enseñar a los más jóvenes de la villa elfica el arte de la arquería; pero, en lo que ahora era una visión, no habían niños esperando lecciones, sino figuras negras cargando hacia ellos. Eran deformes, torpes, cubiertas por trozos de metal negro con una distintiva marca roja en ella: Un yelmo con cuernos enroscados.

El ruido de un recipiente llenándose lo sacaría de su trance, era la posadera otra vez, quien pasaba a llenar su vacía jarra con un desconocido brebaje carmesí.

Esperó inmóvil, en silencio hasta que la mujer se alejara. Apenas le dio la espalda, apoyó los codos sobre la mesa y se tomó la cara con las manos sintiéndose mareado. Eran demasiados días sin descansar, tantos como para hacerle entrar en el ensueño de forma involuntaria. Poco a poco el gran don de su pueblo se iba convirtiendo en una maldición.

Al verse más calmado, el aroma a vino proveniente de la jarra le alcanzaría, le haría apartar las manos de su rostro para coger el recipiente y mirar en su interior. Ni el aroma, ahora más cercano, o la apariencia le tentaría de verdad. Le resultaba incluso insultante como pretendían engañarle con el mediocre intento de bebida.

Evocó los viñedos de su hogar, pero los veía cubiertos por llamas y humo. Corría en el nuevo trance; y mientras la mayoría lo habría hecho huyendo, él lo hacía en dirección a las flamas.

Le temblaba la jarra en la mano y el sudor empapaba su frente, cuando las risas de unos borrachos lo sacarían del nuevo trance. La desgraciada historia que iba relatándole sus recuerdos era sencilla de reconstruir ahora y las piezas faltantes le llegaban para su disgusto sin demora.

Bebió completamente la jarra del supuesto vino, hiriendo su paladar y orgullo; a la espera de que una angustia calmara a otra, pensando también en la última discusión que había resultado con su querida amiga posterior a la masacre.

Comió lo que quedaba del guiso con pesadez. La presa a la que tanto había estado siguiendo, la había perdido hace nada más un par de lunas, y por más suplicas que hiciera a la diosa, nada le sería revelado. Entre toda la frustrante carga que llevaba encima, incluso el nombre de Rhaego sería exclamado pidiendo auxilio, pero lo único que conseguiría encontrar era el pequeño poblado donde estaba ahora, rodeado de una raza a la que ni siquiera era capaz de entender.

Oyó a la caritativa mujer que lo había estado atendiendo acercándose. Cuando se giró para mirarla, esta tenía una gran sonrisa. Ella le habló nuevamente en ese insípido idioma. Él la miró confuso y le devolvió algunas palabras en elfico. La respuesta de la muchacha ante la situación sería buscar una moneda y mostrársela, exigiendo que se le pagara. Fue entonces, en ese momento, que la ilusión de una muestra de altruismo se rompía y toda la generosidad demostrada se le revelaría como una sucia trampa. La miró con desdén y volvió a intentar hablarle, pero solo conseguía irritarle más y más, haciéndole insistir con la moneda.

Se vio atrapado, perdido, se terminaba de sentir hundido al agregar la situación de no entender las costumbres de los orejas redondas, ni mucho menos comprender su lenguaje.

Cuando la mujer empezó a golpear la jarra sobre la mesa, completamente convencida de que el elfo trataba de timarle, un saco con monedas cayó a un costado y esparció numerosas piezas del dorado metal para calmarla.

Sintió una mano apoyándose en su hombro, cuando miró, descubrió a tres miembros del pueblo gentil rodeándole. Uno de ellos, el que había lanzado la bolsa generosamente para rescatarlo, sonreía afable, invitándole a relajarse. El segundo elfo regañaba astutamente a la posadera usando el mismo lenguaje de ella, se mostraba decidido y era firme en sus palabras, como quien educaba a una cría. El tercero lo miró nada más un momento y se sentó en la silla adyacente, pidiéndole que comparta la pesada historia que podía ver llevaba sobre los hombros, curiosamente éste llevaba el emblema de Aela y Rhaego encima.

Sus numerosas plegarias habían sido oídas entre el caos de la desgracia, pensaría animándose, y nada más alcanzaría a sonreír agradecido a sus hermanos, antes de desvanecerse sobre la mesa completamente fatigado.




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