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 Los Hijos de Äela: Andranm

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Dunedain01

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MensajeTema: Los Hijos de Äela: Andranm   Mar Ago 15, 2017 4:55 am

Un vago recuerdo:

     Era una noche en calma. Una suave corriente cálida surcaba los antiguos pasajes del bosque y llenaba la soledad de los que en aquella noche yacían en pie. Solo el sonido de un pequeño chorrillo de agua cayendo sobre rocas y alguno que otro murciélago revoloteando bajo el umbral de la Luna llenaba el mudo silencio, una hermosa Luna debo reconocer.

     Me encontraba junto a un hermano en uno de los puntos de vigilancia en la frontera de nuestro territorio, su nombre era Urandül, un explorador y guardabosques de nuestro pueblo. Habíamos mantenido una estrecha amistad durante los largos años que pasamos protegiendo las fronteras. Mi percepción nunca fue ávida, solía perderme en algunos caminos que incluso frecuentábamos y más de alguna vez salí de nuestro territorio intentando regresar a casa. Él no, él era completamente diferente. Su templanza era algo que me perturbaba, siempre tranquilo y atento a cualquier detalle que estuviera al alcance de sus cinco sentidos (o más, quien sabe), confiaba en sus instintos mientras yo no podía reconocer en un trozo de carne asada  y un guiso de pato por el aroma. Siempre acompañado de su fiel amiga y compañera de vida, un pantera que la había tenido a su lado desde que era una pequeña criatura, Nyla. Ambos solían estar siempre atentos de mí, en cierto modo me cuidaban de mí mismo y yo intentaba dar lo mejor de mí para regresar siempre a casa en una sola pieza. Nos complementábamos bien, la experiencia me había llevado a confiar en sus habilidades y el en las mías, pero no hubo habilidad suficiente en nosotros para poder prever lo que esa noche ocurriría.

     Todo estaba en calma y la luna se escondía a ratos entre las nubes. No tengo recuerdos claros en mi mente, pero salieron de la nada. Un golpeteo constante de cuadrúpedos comenzó a sentirse desde nuestro puesto de vigilancia, cada vez eran más y más. Las trampas de ruido estallaron y de inmediato hicimos sonar la alarma mientras veíamos las huestes de Orcos y Trasgos adentrándose frente a nuestras narices en dirección a la villa… Era un número incalculable. El fuerte de la primera oleada eran Trasgos montados en huargos, fue relampagueante, pasaron a través de nuestras fronteras y se dirigieron raudamente al centro de la villa. Los arqueros desde los arboles hacían cuanto podían por intentar reducir el número de trasgos montados, pero pronto se vieron envueltos en su propio combate. Orcos comenzaron a escabullirse entre los grandes robles en grupos cuantiosos. Portadores de armas pesadas y protecciones de cuero comenzaron a atacar los puestos de defensa en los árboles, apoyados por trasgos lanzadores de piedras y arqueros si así podríamos llamarles. Fue un ataque súbito, estábamos completamente desprevenidos para una hueste de esa envergadura y rápidamente nos dimos cuenta de cuan superados nos habíamos visto en ese momento.

     No hubo mucho que se pudiera hacer, todo aquel que sabía el uso de algún arma le hizo frente a la vanguardia para darles tiempo a los más jóvenes y ancianos de escapar. La mayoría logro huir, mas no fueron muchos los que sobrevivieron de los que se quedaron a luchar. Urandül y yo nos dirigimos al centro de la villa, con la esperanza de reagruparnos y pode luchar. El acero orco y las flechas trasgos eran efectivas en semejantes cantidades y nuestras esperanzas se iban con el humo de las flamas que todo lo envolvieron.

     Para cuando el capitán de la guardia dio la retirada, más de tres quintas partes de nuestros guerreros y guerreras yacían inertes en el campo de batalla. En medio de ese escenario, el pueblo donde crecí y del cual tenía tantos recuerdos, preciados recuerdos que ardían en las llamas de la guerra para ascender al cielo en pequeñas chispas e incandescentes chispas, antes de extinguirse para siempre, la tristeza me envolvió, el pánico, la ira y el odio, pero por un momento comprendí que si no salía de ahí en ese preciso momento, esos sentimientos se irían junto al humo de lo que fue mi hogar y el de mis hermanos. Hui, hui tan lejos como pude y hasta donde me dieran los pies, lejos, para algún día volver con mis hermanos a retomar el hogar que nos fue arrebatado.

     Conocía mi destino y que eventualmente las probabilidades estarían a mi favor, para cuando sea dado el momento, la venganza sobre los pieles verdes caerá.
     Han sido incontables las noches en que pienso en lo ocurrido, pero no he podido encontrar la forma de haber cambiado el pasado. Después de la desaparición de Urandül, el bosque que fue mi hogar alguna vez hoy me parece aterrador y desconocido.

     No había sido mi villa la única en ser atacada esa noche, al menos otras dos también sufrieron el embate de los pieles verdes y me he enterado de directa voz de aquellos sobrevivientes. Fue así como conocí a Delmir, un joven Mago Evocador y a Eryanor, Clérigo de guerra al servicio de la Arquera Blanca. Ambos lograron sobrevivir y ya sea la suerte o el destino hizo que nos reuniéramos.

     Viajamos durante varios días, huyendo de los orcos que perseguían a los supervivientes, ahora ellos eran los que controlaban el Bosque Profundo y nosotros quienes debíamos abandonarlos. Los tres compartíamos la misma idea, el mismo propósito, la misma rabia y el mismo dolor, un día, echaríamos a los usurpadores de nuestras tierras y recuperaríamos lo que nos pertenece. 
     Al llegar a Villa Dorada, el poder hablar común con cierta facilidad fue una ventaja para nosotros. Al estar mi puesto de guardia ubicado en la frontera, solía tener contacto con los mercaderes extranjeros y conocer el idioma era ideal para poder cumplir bien con los tratos comerciales. Por ello, solicitamos un lugar para dormir a lo cual nos señalaron la posada.

     Fue ahí donde encontramos a nuestro hermano Sirion, quien en ese preciso momento estaba teniendo problemas con una camarera. Siempre me han parecido curiosos los humanos, son una misma raza pero se matan entre ellos, viven en una misma ciudad pero no fraternizan, son codiciosos, pues mientras unos nadan en metal dorado otros simplemente no tienen que echarse a la boca.

     Sin pensarlo mucho, arroje una bolsa de oro sobre la mesa frunciendo el ceño y refunfuñando, para cuando me disponía a insultar hasta la cuarta generación de abuelos de aquella camarera, Delmir se me adelanta y dialoga diplomáticamente, demostrando toda la cortesía de la cual yo carecería en un momento así. Pero bueno, rápidamente la mujer y con una cara de enojo (no sé por qué) trae unas jarras de vino, lo cual me parece extraño pues el vino se sirve en copas, finas y elegantes copas, pero debo suponer que son costumbres humanas simplemente. Sería una larga noche, una noche con mis hermanos.


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