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 Alzzul Alhazred

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Anhedonia

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Mensajes : 2
Fecha de inscripción : 04/08/2017
Edad : 20

MensajeTema: Alzzul Alhazred   Sáb Ago 12, 2017 3:49 am

Cuenta: Anhedonia
Personaje: Alzzul Alhazred
Descripción Física: Un muchacho más cercano a la treintena que a la veintena; se conserva sin embargo razonablemente bien. Posiblemente por consecuencia de una vida de cuidados y lujos en una tierra lejana. De piel morena natural, sin bronceado, sin embargo; contrasta con un pelo rojísimo en forma de media melena que no cae mucho más allá de los hombros. De caracteres Kharidianos siempre acompañados por una media sonrisa entre ácida, ladina y sardónica. Profundos ojos marrones afilados y rodeados por un espeso oscurecimiento en la piel que hunde aún más el castaño convirtiéndolo en un pozo más bien negro. De nariz ancha, levemente aguileña y labios finos. Su constitución es respetable, que no admirable, ágil. No es un tipo especialmente carismático, sin embargo quizá sea su indiferencia y exoticismo para con los continentales.

Descripción Psicológica: Bromista distraído que a menudo se toma demasiado en serio todo lo que se le dice. Esto no significa que sea una persona estúpdia. Sus ojos tienen un punto de sabiduría extraño que es fácil apreciar. Algo idealista, centrado por otro lado a la hora de la verdad en cuestiones materiales como buen Kharidiano. Profundamente desencantado y hedonista, es un humanista con cierto resuqemor hacia el resto de razas posiblemente por la falta de contacto. Sin embargo, aunque a primera vista parezca un desinteresado, es de los que cogen aprecio fácilmente y no olvidan lo que se ha hecho por él. Un buen amigo para tener en tu lado, aunque sus dotes sociales sean escasas.

Historia:
Alzzul Alhazred nació en una familia acomodada de Kharid; su infancia se fue en momentos acaramelados, como algodón de azúcar en el que flotaba por espacio de unos diez años. Era un pequeño risueño, sorprendentemente tranquilo para un niño, y tenía unos ojos… ¡Unos ojos! Su tía siempre que visitaba le decía a su hermana: “Se parece a ti, tiene tus ojos. Una constelación en ellos.” Eran adinerados, y en Kharid, eso significa que el niño estaba rodeado por sirvientes la mayor parte del tiempo, por lo que no fue hasta la adolescencia que conoció la palabra soledad. Su padre era un hombre vago, alcohólico y malhablado; la mayoría de su fortuna la había conseguido por venta de esclavos a los emiratos principales, cazando a bandidos y persiguiendo a prófugos. Era un bruto, todo lo contrario que su madre. Una mujer de corazón de oro, querida por todos y con razón. Su estampa era la razón que hacía que todo siguiera como estaba. Alzzul acabó odiándola, por mucho que le amara.

Un muchacho con una extensa formación cultural, religiosa y filosófica llegó a la adolescencia sabiendo nada, como suele pasar en el caso de los burgueses. A esa edad empezó a sospechar que era un completo inútil, y no le faltaba razón alguna. Había llegado a los catorce con la cabeza tan vacía que le costó recuperarse de semejante esperpento. Entre linos, seda, almíbar y libros, se convirtió en un reflejo de la comodidad. No había hecho nada de lo que sentirse orgulloso. Una pequeña bestia negra comenzó a surgir en su interior, devorando entrañas con presteza, sumiéndolo en unas nauseas diarias de las que jamás consiguió desembarazarse.

A los dieciséis se hubo convertido en un muchacho taciturno, poco hablador, seco, frío… Una luna comparada con el sol de su juventud. En su decimosexto cumpleaños, su padre le puso un  arco en las manos y le dijo: “Ahora eres un hombre” ¿Qué significaba aquello? ¿Por qué tenía que acompañarlo con una herramienta para matar? Él quería ser pintor, pero no era lo suficientemente diestro; tampoco conseguía hacer sonar la cítara con la destreza que caracterizaba a su madre, por lo que también se rindió en ello. ¿Qué es un fracasado en las artes? Un hombre que no vale nada, un humanista que no crea es un idealista atrapado en un mundo edificado de dinero. Nadie le dijo que mejoraría en el tiempo, tampoco lo creería. Desde el principio siempre hubo obtenido lo que buscaba sin disputa, como si fuera una cuestión del destino, del fluir natural de las cosas. ¿Qué le acosó durante años, empezando al segundo día de su decimosexto abril?

Ese día empezó a trabajar con Padre. Un hombre al que admiraba por su capacidad de sacar al frente a su familia, y al que odiaba por haberse convertido en un dependiente de la bebida, un desinteresado -¡ni siquiera hedonista!- que ya no profesaba calidez por nada de este mundo. Otro fracasado. Qué fácil era detestarlo y qué difícil condenarlo, a su padre, al que debía tanto. Viajaron a las dunas sobre los camellos. En las dunas descubrió su Verdad. Su padre era un esclavista; el trabajo de ambos consistía en cazar a los hombres que escapaban a sus obligaciones. Esas obligaciones a los que los ataron el resto de hombres, crueles, en la ciudad de los lujos. Una ciudad sostenida por el esfuerzo diario incansable de cientos de miles de personas sin futuro, sin voluntad, atados por cadenas a quienes dictaban sus injustas sentencias. Alzzul no lo entendió todo de pronto.

Aquel monstruo negro de su interior fue creciendo en su interior hasta el punto de que solo conocía la náusea. Tras cinco años de depresión decidió dejar el trabajo. Gastó todo cuando hubo reunido en vicios hedonistas, hasta el punto de poder decir con patético orgullo, como el que tienen las ratas al devorar a una presa mayor, que había probado tanto como podía ofrecer Kharid a los ricos, esto es, muchísimo; entre otras cosas, muchas de las cuales no auguraban orgullo alguno. Así pues, utilizó sus años en baja forma para poner su mente en orden. Estudió. No se puede decir que Alz sea un genio, pero consiguió terminar con honores y sin presión los cursos de bachellor. Sin embargo, en vez de buscar trabajo en la ciudad se lanzó al camino. Vagó por las arenas, buscó entre los hombres que en otro tiempo hubo cazado, liberó a otros; se convenció de tantas cosas… Casi había olvidado su tristeza. Pero en cierto momento, volvió a casa. Volvió a ver a su madre, a su querida madre, con los ojos apagados y un poco más vieja; pese a todo, hermosa. Volvió a conocer a su padre, más dejado, ahora calvo y con unos tantos quilos de más que le habían hecho dejar el trabajo. En solo un par de semanas captó la dinámica que jamás hasta la fecha hubo siquiera imaginado. Su padre se había echado a perder. Su madre se lo había perdonado. Todo seguía igual, todo iba a peor por la complacencia de ella, por la necesidad de perdonar, de querer… Volvió la oscuridad, que en realidad nunca se hubo ido del todo, si no que acechaba invisible en el fondo de sus entrañas. Empezó a odiarla; nunca hubo sentido especial aprecio por su padre, pese a todo lo que le debía. Empezó a odiar a su madre, pese a todo lo que la quería; quizá incluso en términos que no corresponden a madre e hijo.

Así pues el pequeño Edipo, burgués desencantado e inútil decidió emprender marcha por siempre, y jamás volver a casa. No les dirigiría una palabra. A efectos prácticos, sus padres estaban muertos. Viajó a Ahystor en un laguísimo viaje en barco. Al llegar se había convertido en un hombre nuevo.
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