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 La Intriga de la Perfumista. Capítulo II (Segunda Parte): dorados recuerdos

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SyrinxFlute

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MensajeTema: La Intriga de la Perfumista. Capítulo II (Segunda Parte): dorados recuerdos   Miér Jul 26, 2017 1:23 pm

Velëriel de Khael






Prosopografía (descripción física): desde la veleidosa voluntad de Lira debió esculpirse la laudable y mirífica naturaleza de Velëriel, pues esta joven semielfa encarna la efigie de la beldad y el deseo. Una exuberante y flamante cabellera ígnea recorre sus angostos hombros, eclipsando las sienes de su ebúrneo rostro. Sólo cuando las rebeldes guedejas deciden retirarse se descubren unos hidalgos pómulos revestidos por una ambarina e inquisitiva mirada que se entierra en un viso sibilino. Sus carnosos y rosáceos labios son los responsables de un semblante lozano y subyugante. Suele cubrir su epicúrea y esbelta figura de satinados y onerosos tejidos, con matices cárdenos o níveos, ausentes de cualquier atisbo místico-político. 


Etopeya (descripción psicoconductual): de porte regio, imprime primor y galanura en un sinfín de atildados y dengosos ademanes fraguados en la etiqueta y el formulismo. Su discurso, elocuente y altisonante, suele acompañarse de una prosodia con marcada elación. Termina de rematar su áulica y embriagadora presencia perfumándose con exclusivas fragancias que deifican su arrobadora presencia.

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Aquellas fragantes mentiras que nublaron sus dorados recuerdos - recitó profética para sus adentros.


Última edición por SyrinxFlute el Miér Ago 30, 2017 4:29 pm, editado 8 veces
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SyrinxFlute

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MensajeTema: Re: La Intriga de la Perfumista. Capítulo II (Segunda Parte): dorados recuerdos   Miér Jul 26, 2017 1:42 pm


Capítulo I: Lágrima de sangre

Cuando la última gota de cera se sumergió entre el resto, el consumido blandón se derritió en un último suspiro abrazando la inexorable estela del olvido. El humo sustituyó el último atisbo de resplandor tiznando de hollín el argénteo y oxidado candelabro. Transcurrió un septenario desde entonces, mas aquella lóbrega habitación seguía rigiéndose por lo sepulcral. Al alborear el día, el inusitado y repentino trinar de un ruiseñor rompió al fin la disfrazada cámara de imperecedera serenidad. El canturreo logró despertar el interés de la joven, sin embargo, prorrumpió en vituperios al ser acariciada por el primer haz de luz del día que, tímidamente, se adentraba por la cristalera para inaugurar oficialmente la jornada.

¡Maldita seas, Amada! ¡Furcia petulante, ramera inquebrantable! –exclamó profiriendo una retahíla de imprecaciones hacia la Señora Argéntea.

Se advirtió el estallido de la porcelana rompiéndose en añicos. Desde los malolientes y satinados tejidos que recubrían caóticamente el piso de la alcoba la imagen no podía ser más funesta; la cabeza de cerámica de una estatuilla lirita se cercenó y rodó sin contención hasta chocar ineluctablemente contra la pared. Se desvaneció una vida de entrega al amor, que poco o ningún sentido ofrecían ya a la amarga desesperación de la semielfa. 

La algazara del Barrio Norte reverberaba disonante en los confines de la penumbra y los despoblados muros de la habitación, revistiendo la cámara de una lejana y alienada atmósfera de jarana y júbilo, rápidamente eclipsada por un sollozo franco, seguido de un llanto ineludible, desconsolado.

La postración de la muchacha se remonta noches ha en la que el destino decidió sacudir con aspereza su acomodada y acaudalada existencia. La calígine sometió a la urbe con su manto, invitando a malhechores y bandidos a contagiarse de espiritoso afán por delinquir. El acecho sería flagrante para una prosapia de alta alcurnia si, éstos, lucían y ostentaban fastuosas alhajas transitando por los suburbios de los bajos fondos en los albores nocturnales. No obstante, a Froilán de Khael, -célebre perfumista emérito y esposo de Danäriel de Llyth, consabido también por su fervorosa devoción hacia la liturgia de Lira-, su ahínco por mostrar hidalguía hacia los indigentes no lo redimió de aquel aciago destino, recibiendo una cuchillada en el pescuezo a cambio de un carácter filántropo y misericordioso. El infortunio no tardó en abrazar también a su esposa que, además de despojada de todo vestigio de opulencia, fue inclementemente apuñalada en el vientre. Los cuerpos exánimes de los progenitores retumbaron sobre el enlosado dejando un escandaloso rastro de sangre que perturbaría con virulencia a la joven primogénita. 

Cuando la única descendiente de la estirpe estaba a punto de sufrir el mismo destino, de la umbría emergieron siluetas y formas difusas que en breves instantes habrían abatido a los asaltantes del Filo Oscuro. -Ahora sólo estás tú. Quizás la dulce no se ha portado como debiese… ¿Verdad? -sentenció con mordacidad el enmascarado, envolviendo, en un intento proselitista, un paño en torno al medallón áureo que colgaba de la gargantilla de la joven. 

Alzó un estilete de paladio adornado con varios motivos religiosos, enfilándolo desafiante hasta su cuello:

-¡Perdonadme padres, pues mi exánime cuerpo ya no alberga más vigor para seguir con esta tortura! –clamó hacia sus adentros desde su alcoba. Entre lamentos y suspiros, consumida hasta la extenuación, contempló el velo con el emblema del “enigma”, junto a la ya descompuesta figura de Lira. En un último hálito de vida, bajó sus párpados para enterrar el filo hasta su garganta…

No logró siquiera atreverse a vaticinar el tiempo que había transcurrido, aunque se le antojó una eternidad. Atónita, sus ojos se abrieron de nuevo, expectante ante aquel desconcertante sino. -¿Estoy muerta?- se preguntó, sumida en la turbación. Aquel malestar y aquellos pensamientos que nublaban su quebrada alma habían sido disipados milagrosamente, embriagándose de un hálito renovado. Sólo una gota inadvertida de sangre descendía de su ebúrneo y terso cuello, en remembranza de un suicidio frustrado. Revigorizada, levantóse de su lecho para recoger el paño harapiento, jurando fe y gloria al orbe de la superchería si, de ese modo, podía promover la caza al Filo Sangriento y vengar la muerte de sus padres, sin apenas atenerse a ningún precepto abacial sobre la concordia en el mundo, como su padre habría predicado desde su lado más condescendiente, entendiendo la belleza desde la expansión del amor y el bienestar en el seno de una sociedad unida.

Se despidió, al fin, de la alcoba donde, enjaulada, había permanecido durante más de siete largas noches. Aunó los bienes imprescindibles y selló la puerta, alejándose del hogar que la había visto convertirse en mujer y ahora desdeñaba con inamovible efervescencia. La gota de sangre que emanaba del cuello de la joven conversa se había desvanecido hasta escurrirse sobre los ojos de la cabeza segada de la estatuilla lirita. Pareciese que la Diosa del Amor alegorizó la pérdida de una fiel a través del llanto de una lágrima de sangre. Quién sabe si, ante una inexorable sacudida de fe y la encrucijada del Señor de la Intriga, la inexperta semielfa no logró deducir acertadamente la autora del milagro que la eximió de sus propias garras.

Su destino, ahora, la guiaría hasta la Capital de las Oportunidades, Ahystor.

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Última edición por SyrinxFlute el Mar Oct 17, 2017 5:17 pm, editado 1 vez
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SyrinxFlute

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MensajeTema: Re: La Intriga de la Perfumista. Capítulo II (Segunda Parte): dorados recuerdos   Jue Ago 10, 2017 11:48 am


Capítulo II (Primera parte): La pasión de la perfumista

La ciclópea y augusta ágora que presidía el distrito gubernamental de la Ciudad de las Oportunidades rutilaba esplendente en los albores matutinos. Revestida por la magia del rocío, emanaba un etéreo efluvio que se fundía en una irisada danza mesmerizante, al proyectarse el titilante fulgor del naciente cuerpo celeste sobre el vidriado enlosado. Éste, un día más, emergía soberano desde la Cordillera Meridional para alumbrar de nuevo la pudiente ciudad que, horas antes, había sido sepultada por el velo nocturnal. 





La joven atravesó, por primera vez, una sensación que embargaba sus sentidos y la retrotraía hasta su dilecta cuna, la Ciudad de los Esplendores, al inhalar aquel sublime y fragante aroma que envolvía de motivos florales el magnificente capitolio de la urbe. La reminiscencia de una estirpe que se fraguó en el hechizante arte de la perfumería arremetía con crudeza desde los adentros de Velëriel, principiando una batalla interna por la que, a pesar del pertinaz ahínco por amordazar y abnegar todo aquello que rememorara su pretérito pasado, ni la voluntad, ni la razón, podrían fácilmente doblegar la pasión que gestó durante el periplo de su corta existencia bajo la instrucción de su magnánimo padre, celebérrimo perfumista imperial.

Surcó con el olfato hasta hallar la procedencia de aquella arrobadora fragancia, una miríada de flores y ramilletes ornaban el autor que encumbraba la plaza principal de un odorífero embeleso: un engalanado puesto que la florista se esmeraba con virtuosismo en componer escultóricamente. Se llegó hasta allí surtiéndose de una escarcela entera de pétalos y productos botánicos, ahogando su sed por emprender la senda de la perfumería. Consultó con entusiasmo a la floricultora dónde podría hallar algún laboratorio o droguería donde abastecerse de los enseres requeridos para su cometido, señalándole la universidad que se encontraba en una de las principales arterias de la boyante urbe.

Al ingresar en el centro neurálgico del conocimiento, una plétora de anaqueles, estantes y plúteos abarrotaban los derredores del vestíbulo anegados por un sinnúmero de enciclopedias, manuales y demás volúmenes que componían un exhaustivo y lustroso universo de sabiduría. Advirtió una sección destinada al estudio de la fitología, sin embargo, no halló ningún manual dedicado exclusivamente a la perfumería, sino a la herbología y al estudio sistemático de las plantas. Tomó un manuscrito del maestro herbólogo Erwi Orade y la maestra alquímica Alaya Alford, desconocía plenamente a los autores, pero su literatura apelaba a una prosodia elocuente y divulgativa, por lo que no dudó en pesquisar qué maravillas encerraban las líneas de este arcaico compendio con la esperanza de hallar algún capítulo sobre perfumería y aceites esenciales.

Desafortunadamente, comprobó que en ningún epígrafe se incluía referencia alguna a lo que con tesón intentaba desvelar, pero sí se relataban otros entresijos y misterios que la botánica deparaba; un místico uso de los vegetales y las plantas que despertó un inusitado interés en la pelirroja, más allá de las esencias fragantes. Sin embargo, mantenía presente el propósito que la llevó hasta allí, su pasión por la perfumería, rebuscando con ahínco algún manual que pudiese satisfacer su entusiasmo. Al fin tuvo en sus manos un ejemplar sobre epistemología y técnicas de “embalsamamiento y aromaterapia” que, aun sin pertenecer exclusivamente al ámbito de la perfumería, sabía que compartían un andamiaje teórico-práctico e histórico común. Quizás a través de este volumen podría refrescar las enseñanzas de su padre y, de este modo, poner en práctica lo que ya sabía, elaborando nuevas y aromadas creaciones para el exquisito y elevado paladar de los patricios abolengos de la urbe. 

Sin embargo, precisaba los útiles e instrumentos indispensables para poder llevar a cabo los compuestos y procedimientos químicos requeridos en la elaboración de una droga o esencia: matraces, ollas de destilación, aceites esenciales, así como un órgano de perfume, mueble profesional para la praxis del perfumista. Sabía que no disponía de peculio suficiente para abastecerse de todo cuanto necesitaba para encentar su proyecto, por lo que se dirigió hacia las dependencias de herbología en la misma universidad, descubriendo, al fin, un pequeño laboratorio regentado por un perito profesor en fitología. El experto se mostró solícito con Velëriel, recibiéndola con una benévola sonrisa e ilustrándole los fundamentos prácticos de la herbología a cambio de una modesta suma. 

A pesar de ello, poco o nada podía referirle sobre perfumería, sin embargo, aseveró la existencia de una amalgama en su disciplina que pudiera semejarse a un perfume o, incluso, potenciar un aroma preexistente. Pero, para ello, antes tendría que recorrer un largo camino desvelando los secretos que la herbología encerraba. 

Un ápice de esperanza invadió sus entrañas cuando el profesor le reveló que, si al fin decidía adentrarse en los laberínticos preceptos de la materia, auguraba para ella la nombradía y el prestigio como perfumista, ya que dominaría como ningún otro a fundir la magia y efluvio de fragantes creaciones con el poder de los cimientos de la botánica y la alquimia. Pero le aguardaban días, semanas, meses e incluso años de estudio y perfeccionamiento de la técnica antes de poder siquiera conjugarla con los principios de la perfumería. Por lo menos, si nadie más en la urbe tenía esta idea, quizás en algo más de un año se alzaría como una reputada e insigne perfumista. Sin embargo, era un pronóstico y un objetivo a largo plazo, ahora debía pensar cómo obtener ingresos suficientes para proveerse de todos los artículos necesarios, ya que los enseres que se brindaban en el laboratorio, aunque de uso público, eran insuficientes para el arte de la perfumería. Su motivación declinaba por instantes, no sabía cómo podría afrontar los gastos de su humilde alcoba en el concurrido mesón donde se hospedaba y, al mismo tiempo, adquirir todo el material que precisaba. Se aferraba, al menos, para no desalentarse, a lo que el profesor le había comunicado: “Mientas ejercitáis el arte de la herbología, recolectando las yemas y brotes empleados en la disciplina, hallaréis y descubriréis llanos, pastos, espesuras y ciénagas donde podréis encontrar, además, gran cantidad de los aceites esenciales que precisáis para vuestro proyecto, sin la necesidad de tenerlos que comprar. Asimismo, si requerís reunir cierto capital para dar comienzo a vuestra empresa, aquí podréis emplear todos los enseres e instrumentos que el laboratorio os ofrece sin ningún tipo de costo, simplemente habréis de abonar los artículos desechables: herramientas de cosecha y guantes. Siempre hay ofertas remuneradas para los aprendices y más avezados de la materia, revisad el tablón de anuncios y quizás encontréis algo de vuestro interés.” 

Sin titubeos, la muchacha se llegó hasta donde le indicara el profesor, descubriendo una decena de anuncios que, acuciantes, impetraban ingentes cantidades de producto que en las diferentes dependencias de la universidad se fabricaban. Entre las distintas ofertas de herbología había una que aludía a los iniciados en la disciplina, suscrita por la conspicua sociedad mercante, "Las Manos del Mercader", que prometía un ejercicio retributivo a cualquier bisoño en fitología que aislara y elaborara ciertos ungüentos. Velëriel estimó aceptables aquellos honorarios, aunque ignoraba si la manufactura de aquellos productos le robaría demasiado tiempo. Aun así, ésta era, por ahora, la mejor alternativa a la que podía atenerse.


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Última edición por SyrinxFlute el Jue Ago 31, 2017 10:48 am, editado 3 veces
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SyrinxFlute

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MensajeTema: Re: La Intriga de la Perfumista. Capítulo II (Segunda Parte): dorados recuerdos   Miér Ago 30, 2017 4:05 pm




Capítulo II (Segunda Parte): Dorados recuerdos

Cristalizaba sus logros y disertaciones sobre el reo que, desde siglos ha, transmitía y gestaba el desarrollo de todo conocimiento, el pergamino en blanco, fundiéndose en un viso sibilino, una escritura que sólo avezados y eruditos de la materia alcanzarían a comprender. Varios volúmenes, apuntes, plumas y manchas de tinta poblaban caóticamente su destartalado escritorio, componiendo un fárrago en el que, sin embargo, la muchacha sabía surcar perfectamente. Transcurrían tediosas noches de desvelo que aprovechaba para instruirse a través de aquellas páginas sin fin, con algoritmos y formulaciones que sólo lograría aprehender cuando su aplicación le desvelase los secretos que encerraban. En aquellas horas intempestivas, por suerte, el ambiente del mesón solía templarse, y sólo los crepitantes crujidos de la madera podían inquietar su afincada concentración. Al rato, sin embargo, caía rendida.

Residir en una taberna también tenía sus ventajas. Cada día, el destino le concedía la oportunidad de rodearse y coincidir con un gentío exquisitamente variopinto, entre los que, más allá de pendencieros y borrachos, en algunos despertaba el interés por ella y gustosos le brindaban su favor. Así fue como conoció a un hercúleo y recio varón, de parvos ademanes, llamado Dio Blight. Su nuevo camarada no suscitaba ostensible lealtad, más bien se entregaba al mejor postor: era un mercenario oriundo de las lejanas y arábigas tierras de Kharid. Necesitaba un acompañante, un escolta que esgrimiese su espada para protegerse de las amenazas que fuera del amparo de la urbe se cernían, en su incipiente odisea como herbóloga. 

Lo cierto es que Dio blandía su arma con maestría, y era capaz de ahuyentar las famélicas fieras de las trochas con un par de espadazos antes de que él, siquiera, mostrase amilanamiento alguno. En una de sus expediciones, ambos se abrieron paso a orillas del Valle del Dragón, despejando el sendero de peligros y maraña, hasta que, la joven, columbró un plantío en el que brotaban unos frutos endrinos idénticos a las ilustraciones que había estado revisando los últimos días. ¡Eureka! -pensó para sus adentros, instando a su acompañante a arrimarse. Al fin, habían hallado unas jugosas y acuíferas bayas que, esplendentes y ufanas, nacían con vigor desde los extensos pantanos del río. Se hincó sobre el lodo y, sin importarle en demasía la pulcritud de sus vestiduras, enguantó sus manos y cosechó con espiritoso afán gran cantidad de frutos, colmando hasta henchir dos escarcelas. Aquel paraíso cenagoso reunía, asimismo, condiciones óptimas para el florecimiento de vegetales y flores higrófilas, plantas adaptadas a los medios húmedos y, de las cuales, podrían obtenerse aceites esenciales de gran calidad. Rebuscando un poco más por las fuentes y lodazales lindantes al río, así como sobrenadando por encima de éste, no tardó en descubrir varias especies que, con su tenue y fragante olor, honraban los dominios del Señor de las Aguas: el alcatraz (lirio blanco), el nenúfar blanco y el jacinto de agua seducían al río y sus orillas con su arrobador embrujo.

Iniciaron de nuevo su trayectoria hacia las colinas que se alzaban en las cercanías, en busca de unas oxigenadas semillas que los manuales referían poder encontrarse en elevaciones naturales del terreno, ya fueran montañas, colinas o mesetas, pero donde prevaleciese una notoria erosión por la marcada actividad del viento. No tardaron en hallar aquellas pepitas que nacían en el corazón de unos brotes llamados “brisas susurrantes”. Recolectó copiosas cantidades de ellas, parecía absorbida por su ardoroso e inextinguible ahínco. Descubrió, además, un gran plantío de rosas, nardos, amapolas y jazmines que campaban a sus anchas y ornaban aquellos páramos con su único esplendor.

Esta rutina se convirtió en su encomienda, su deber, día a día. Cuando no podía ser custodiada por algún cortés y audaz varón procuraba eludir y torear los peligros que se cernían sobre ella, optando, en más de una ocasión, por esconderse en la frondosa espesura. Acababa cada jornada con la picadura de algún insecto, inflamándose o entumeciéndose alguna de sus extremidades. Tras el almuerzo y un meritorio descanso, aunque efímero, se enfilaba y apresuraba hasta la universidad, mucho antes de que el crepúsculo inaugurase la noche. El laboratorio se convirtió, sin duda alguna, en su santuario. Des de allí fantaseaba en su porvenir, gestaba todos sus proyectos y aspiraciones, y reposaba su cuerpo. Aprendía a marcha forzada, pero debía hacerlo si no quería mudar su condición a la de una indigente, pues sus recursos se estaban dilapidando con los enseres de la herbología. Sin embargo, presentaba gran pericia y desenvoltura en cada una de las distintas funciones que un herbólogo debía asumir. Quizás las habilidades que forjó como ayudante de perfumista, durante la instrucción que su padre le brindó, le facilitaban el desarrollo de sus nuevas competencias. 

Transcurrían los días y ninguno de ellos era desaprovechado por la semielfa en el ejercicio de sus facultades de oficio, logrando, al fin, cosechar su merecida recompensa: preparar la ansiada emulsión por la que las Manos del Mercader ofrecía cuantiosos doblones. La creó a base de extracto de pulpa de baya, que, con el efecto del calor durante el tiempo de cocción, se desprendía de las impurezas y se aislaba el agua más cristalina que la joven jamás había visto. Contrastó el producto con los preceptos e ilustraciones de los manuales, tenía la firme convicción de que reunía todas las condiciones necesarias y, con una dilatada y deferente sonrisa, así lo corroboró el profesor. Envasó la sustancia en decenas de vidriadas ampollas.




Cada día robustecía con más botellas el arcón que poseía y, cuando lo colmó hasta arriba, decidió contactar al fin con las Manos del Mercader, la entidad comercial con la que esperaba poder cerrar un convenio mercante. Uno de los puntales de la sociedad, la estilosísima Erenia De Luar, se presentó a los días en los dominios de la universidad, reuniéndose con la jornalera que acabaría dándose ínfulas de perfumista y acomodada ciudadana. Penosa fue su actitud, que no deseaba revelar ante la áulica mujer su plebeya condición, mas, aun así, obtuvo lo que se propuso. 

Sus fondos se acrecentaban irrefrenables gracias a las inyecciones económicas que recibía de la sociedad mercante, a cambio de la sofisticada manufactura de aquellos brebajes. La dura y ardorosa existencia que la acompañaba empezó a acomodarse paulatinamente; desatendiendo algún que otro día a sus menesteres para poder librar y gozar del ocio de la urbe. Sin embargo, se interesaba por seguir experimentando la velada y hermética ciencia de la fitología. Sabía que debía seguir produciendo las amalgamas que tanto anhelaban las Manos, para preservar y engrosar sus arcas, pero también se esforzaba en desvelar los secretos de la disciplina, descubriendo nuevas fórmulas, nuevas emulsiones y, a su vez, pudiéndose permitir más de un escolta en cada una de sus expediciones al hallazgo de nuevas esencias. No obstante, en todo aquel periplo seguía subyaciendo el mismo propósito que germinó meses atrás: conquistar la acaudalada sociedad ahystoriana con los perfumes y aromas que crearía para fraguarse una aburguesada nombradía. Su sobria y angosta alcoba dejó de ser lo que era para mudarse en un reducido, aunque pragmático, laboratorio, y, en el centro, erguida, imperaba la majestuosa joya de cualquier perfumista, el órgano de perfume. Arrancaba al fin su sueño y, a su vez, las estancias de la fonda empezaban a sumergirse lentamente en el cautivante y fragante aroma que los aceites destilados emanaban, como gotas de brisa y dorados recuerdos de la Ciudad del Esplendor.







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