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 Bruto, a veces.

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lufnur

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MensajeTema: Bruto, a veces.   Miér Ene 18, 2017 7:39 pm

-¿Y ahora dirás que esto es vida?


-Sólo es lluvia…

-Oh sí claro, sólo lluvia, siempre tan optimista, o mejor dicho, tan “me da igual todo”.

 

Hudson siempre acababa hablando en ese tono tan retintín cuando hablaba con Bruto. Allí estaban, una noche más en el puesto de avanzada, a las afueras de Radengarth. Era algo lógico, pues Bruto se inmutaba más bien nada con adversidades como esa. Había mamado el ejército desde muy pequeño. Le gustaba apostarse en los muros del cuartel para ver como se entrenaban, como movían las espadas, como corrían, como tensaban los arcos, como cargaban petates de telas, maderas, vientos y clavos de las tiendas para la campaña.

Cuando a los 15 años empezó a instruirse como soldado conoció a Hudson. Pese a todo, eran muy amigos, pues la milicia no sólo hace hombres, si no que hace fieles amigos. A Bruto no le gusta mucho hablar de Hudson, cosas de la guerra…

La guerra, a Bruto le gusta la guerra, le gusta la guerra de los antiguos, la del honor y la de la gloria, la de los caballeros, la que matabas o eras muerto, pero con respeto, el respeto de la victoria y de la derrota, de ser vencido por alguien que hacía la guerra mejor que tú. Que no quiere decir que fuera el más leal de los paladines. Todo vale, en el amor y en la guerra.

El amor… Bruto amó a una mujer, pero no se hagan ilusiones… está muerta. La asesinó un oficial, uno que estaba puesto en la guerra por su padre, un gran coronel, jefe de un gran batallón, del que Bruto, a base dar muerte a personas como él, era un Sargento más. El siempre decía que era Sargento porque era el que se mantenía con vida, por alguna razón, no moría.

Por su puesto, nuestro loable sargento, mató a ese oficial. Le ahogó después de una pelea, no demasiado dura, porque el Sargento de tez de cicatrices y manos encallecidas peleaba mucho mejor que el Teniente, de piel blanca y bonito cabello rubio. Agotado el Teniente, pidió clemencia, la misma que pedía su mujer ahora muerta mientras la violaba.


-¡No sabía que era tu mujer!- Decía entre sollozos y espasmos de su garganta apretada por las manos de Bruto.


No se dignó a decirle nada, no lo merecía… A su entender era la forma más honorable en la que podía dar muerte a ese hombre, otro guerrero como él. Que violó y apuñaló… a su amor.

 

Después de eso, del juicio, del alboroto, de las amenazas… Bruto se dedicó a contar días, sentado o de pie, compartiendo pan duro con las ratas de la cárcel de la capital, en una celda que no era demasiado cómoda, de fría piedra y sucia paja. El invierno bueno… estuvo tres veces a punto de morir por las fiebres, pero a la tercera desistió de suplicar que Torim se lo llevara a su mesa, a beber con Linda, a que volviera a acariciarle las palmas de las manos mientras escuchaba el crepitar de la lumbre de su cocina, a hacerle el amor, entre sudor y placeres. Diez años son muchos años, pero tampoco llegó nunca a querer suicidarse, cree que no es asunto suyo decidir sobre sí mismo, que si no ha muerto tras tantas veces tentar a la muerte, es que el destino le tiene algo preparado… quizás grandeza, o quizás castigo.

-De acuerdo, lo acepto.
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lufnur

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MensajeTema: Re: Bruto, a veces.   Miér Mayo 24, 2017 12:22 pm

-Prométeme que si un día, me ocurriera algo así, clavarás una flecha en mi cabeza.



Ambos veían el cadáver destrozado y medio comido, entre huellas y vestigios de orcos, a un lado del camino que llevaría a la sección de Bruto hasta lo que según los rumores, se trataba de un asentamiento orco aprovechando una hondonada de rocas cerca de una cascada por los alrededores de Radengarth.

Al parecer, un grupo de mercaderes los advirtieron antes de que ellos se dieran cuenta, y dejaron sus carros y los mulos como pago de sus vidas, intentando conservarlas a la carrera hacia los portones de la capital, a pocas horas de aquel lugar.



Por aquel entonces, Hudson ya era algo más que el brazo derecho de Bruto en la batalla, era su amigo y confidente, pese a que no le hablaba demasiado. Le tenía la confianza de un hermano. Sus méritos en la guerra le consiguieron un par de medallas y el empleo de cabo, o de soldado aventajado. Aunque debía reconocer que pese a que finalmente enfrentaba peligros, era algo temeroso y le costaba decidirse... siempre acababa haciéndolo y Tórim le apreciaba por ello, pues al fin y al cabo, era un gran guerrero.



-Hudson, eres un soldado del Ejército Imperial, y además de mi sección, nunca te pasará algo así. Si sospechara que fueras tan inútil para dejarte apresar por orcos, ya te hubiera matado yo, y seguramente hubieras deseado que lo hubiera hecho un orco.



Tenía una mano en la empuñadura de la espada Bastarda y la otra en el hombro de Hudson mientras le hablaba. Su yelmo de crines rojas, identificaba su rango y la chulería y seguridad con la que hablaba lo confirmaba. Bruto se había convertido en el referente para su grupo de hombres y ellos se sentían privilegiados por obedecer sus órdenes.



-Dad entierro y clavad un símbolo de Tórim. Después, servíos del miedo y convertirlo en odio, es la única manera de combatir a estos inmundos seres. Se arrepentirán de haber nacido, pues el odio, lo transformaremos en gloria. Y comeremos.. y beberemos.. y fornicaremos con bellas mujeres, pues la infantería del imperio, es lo mejor que encontraréis en ésta y otras vidas.



Aunque los veía sonreír tras sus palabras, confiados, al darles la espalda para seguir el camino, la soledad del mando le hacía saber a Bruto que muchos no comerían, ni beberían, ni fornicarían con bellas mujeres. Muchos morirían.



Los encontraron por supuesto. Allá donde dijeron, los mataron a todos. No quedó uno con vida. Hubieron matado orcos, orcas y niños. De forma atroz, como en cualquier guerra. Pese a que algunos deseaban huir, pese a que otros pidieran clemencia para su estirpe en ese idioma que siempre pareciera que blasfemaban. Arrodilladas las mujeres orcas con sus niños orcos en sus brazos de orco, eran más fáciles de matar.

Algo menos de la mitad de los hombres del pequeño contingente del imperio, también quedaron en el campo de batalla. El campo de barro por la sangre, tenía una mezcla de colores entre el marrón verdoso de los cuerpos y ropas de los orcos y el dorado y metal de las armaduras de los hombres. Algunos otros heridos andaban apoyados los unos de los otros, y tras recoger lo poco que hubiera de valor, así emprendieron el camino de vuelta.



-Nunca fui bueno en matemáticas, pero creo que no me compensa Bruto... siempre que me condecoran, es por que he perdido algo de más valor.. -Miraba entonces el muñón ensangrentado que le había quedado donde antes se encontraba el dedo anular de una de sus manos. 

-Tranquilo Hudson, tu mujer no echará en falta ese dedo. -Le bromeaba con su particular estilo.



Entonces el Sargento echó la mirada atrás al escuchar ahogados gritos y al hacerlo, de un risco no demasiado alto un grupo numeroso de orcos empezaron a descolgarse para ganar la retaguardia del grupo. Entre el alboroto y el descontrol, Bruto llamaba a Reunión para hacerse fuertes en su posición, pero era tarde. Los orcos acabaron rápidamente con los heridos y los aptos desenvainaron rápido para enfrentarlos. Quedarían igualados en número, pero Bruto sabía que no serían rival ante la fiereza de ellos. Cayeron dos soldados más, pudo ver mientras el guerrero cortaba la pierna por la ingle de uno de ellos y seguido en un ataque reflejo lleno de fuerza y furia le incrustaba la espada de punta en la cabeza de otro de ellos. Separaba el orco muerto con el escudo, dejándolo caer hacia atrás como el tronco de un árbol aún verde lleno de hojas y pudo ver casi a velocidad retenida, el hacha de un enorme orco atravesando desde el hombro derecho hasta casi las tripas a Hudson, que sin darse cuenta inmerso en la batalla seguía peleando, mientras caía al suelo.



-Noooo!!



Corría como el viento saltando piedras y cuerpos sin vida sin importarle nada más pero era tarde. El orco intentaba desclavar el hacha de entre las costillas de Hudson, como si de un carnicero se tratase. Empezó entonces a convulsionar. Miro atrás, sus hombres morían, sólo quedaban cinco y tuvo que decirlo.



-Escudos.. atrás!! retirada!!!



Y recordó al hombre medio comido. Cruzó una mirada con Hudson, que seguía en su baile frenético de aspavientos que preludian a la muerte, asió la espada a modo de lanza sin importarle la tajada que le provocaría después en su mano derecha y a unos 8 metros la lanzó hacia la cabeza de su amigo, haciendo blanco... pues él era bueno en la guerra. Se permitió dos segundos de verle muerto. Zarandeado cual trapo de una cocina bárbara, después volvió a la consciencia de acudir con los suyos. La comida fresca para los orcos les daría tiempo para huir al pequeño grupo de hombres, que no dudó en correr cuando sintieron que la distancia con ellos era la suficiente para salir de la defensa de sus escudos.



Al rato, pararon en una densa arboleda, cuando las fuerzas ya les abandonaron. El sargento se quitó el yelmo y echó ambas manos a su cara. Entre las manos y su piel, además del cabello desecho en sucios mechones notaba el recorrer húmedo de la sangre, pero era demasiado fresco para ser sangre.



Miró sus manos llenas de lágrimas, en silencio... en su soledad.
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